El TPP visto desde los EE.UU.

Por Jorge Capelán | Radio La Primerísima / Tortilla con Sal.

Mucho se ha escrito las últimas semanas en América Latina sobre el proyecto estadounidense del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) como un intento por contener a China y destruir el proyecto de unidad e independencia de América Latina. Todo eso es cierto, pero menos se ha insistido en el hecho de que este proyecto destruye a los propios Estados Unidos aunque beneficie a sus élites.
Obama quiere resolver la crisis de la hegemonía estadounidense creando un club del “vale todo” para las multinacionales de sus “socios” en el Pacífico – una sociedad, para el mutuo saqueo a escala transpacífica, del 1% contra el 99%. Esto lo comprenden muchos sindicatos estadounidenses, que desde hace tiempo vienen dando la voz de alarma, al ver amenazada su sobrevivencia.
Por lo que ha trascendido hasta el momento, el proyecto, que lleva ya cinco años de estar siendo negociado a espaldas del público, en la práctica acabará con lo poco que queda de la economía productiva estadounidense al poner fuera de juego las leyes que protegen la industria, al levantar las pocas trabas que hay contra las riesgosas transacciones con derivados financieros y al promover la fuga de aún más fábricas estadounidenses al extranjero.
Es la agenda de “Un solo Mundo” de Obama, la que, según observadores, pondrá la desindustrialización de los EE.UU. en modo “turbo”. Un pequeño indicador de lo que representa esta alianza para los Estados Unidos es el acuerdo de “libre” comercio firmado entre este país y Corea del Sur en marzo de 2012.
Poco más de un año después de firmado el tratado:
– Las exportaciones de EE.UU. a Corea del Sur bajaron 10%;
– El déficit comercial de los EE.UU. con ese país subió en 37%;
– La industria automovilística estadounidense está paralizada;
– Los EE.UU. han perdido control en lo que respecta al comercio internacional, la banca y las finanzas;
– Se proyecta una pérdida de 159.000 puestos de trabajo en los EE.UU.
Esto no es ni extraño ni nuevo: Cosas similares pasaron tras la firma de TLC:s en el pasado, por ejemplo, con México y con China. Las grandes empresas estadounidenses simplemente mudaron la producción allí donde los salarios eran más baratos y los trabajos en los EE.UU. desaparecieron. Ganaron las grandes multinacionales, pero perdieron los trabajadores estadounidenses.
Ahora, con el TPP la idea es que las empresas extranjeras tengan los mismos derechos de establecerse en los EE.UU. que los de las empresas estadounidenses en el extranjero. Igual, para los trabajadores estadounidenses, eso, en caso de que suceda, implicará tener que aceptar condiciones y salarios aún peores que los actuales. Ganan: las multinacionales. Pierden: los trabajadores dentro y fuera de los EE.UU.
“Bueno”, dirá alguien, “¡por lo menos ganarán algo de libertad!”
En realidad, no.
El TPP incluye un conjunto de nuevas reglas para todo, desde la seguridad alimentaria hasta los mercados financieros, de los precios de la medicina hasta las (ya muy dudosas) libertades de la Internet. No se haga ilusiones, no son leyes que restrinjan los derechos de las multinacionales, sino los de la ciudadanía.
Un ejemplo de ello es la ley SOPA, que pretendía restringir aún más el derecho a la privacidad de los usuarios de Internet en los EE.UU. y que al final no logró la aprobación del Congreso debido al rechazo generalizado de la opinión. Con el TPP, esa ley sería una realidad por otra via.
Según los analistas del New York Times, Lory Wallach y Ben Beachy, el TPP podría “reescribir amplias secciones de las políticas no-comericales que afectan la vida diaria de los estadounidenses”. Esa es una de las razones por las que el tratado, que ha estado siendo negociado desde el año 2008, no ha sido presentado ni al público ni a los congresistas, ni lo será hasta que no esté casi totalmente cocinado.
La razón es sencilla: es un proyecto impresentable que solo puede ser aceptado como hecho consumado.
En realidad, la agenda de “Un solo Mundo” de Obama es más de lo mismo – una agenda en el fondo muy autodestructiva. “Somos nuestro peor enemigo en la guerra económica más grande de la historia mundial. Y a Asia le encanta”, dice Paul Farrell, columnista del portal financiero estadounidense Market Watch.
Para Farrell, el Congreso estadounidense invierte miles de millones de dólares en guerras “mientras nuestra infraestructura se desmorona, nuestro sistema educativo se descompone y los empleos y las ganancias se dirigen hacia economías extranjeras engordándolas”.
Los resultados de esta política están a la vista:
En los últimos 13 ó 14 años, los EE.UU. han perdido unas 56.000 fábricas y unos 5 millones de trabajos industriales. Hoy en día hay menos trabajadores industriales en los EE.UU. que en 1950, a pesar de que la población de ese país se ha duplicado.
Por otro lado, las ganancias de las grandes corporaciones se disparan a unos 1.800 trillones de dólares, mientras que los salarios como porcentaje del PIB en los EE.UU. se desploman a niveles históricos.
El Tratado de Asociación Transpacífico incluye, además, a Canadá, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Chile, Perú, Brunei, Singapur, Vietnam y Malasia. Está todo hecho para los grandes monopolios, y un reforzamiento de las leyes sobre la propiedad intelectual y en defensa de esos monopolios hará posible a los Estados vigilar todos los movimientos de los ciudadanos fuera, pero también dentro, de los Estados Unidos.

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Santos Uribe Vélez se reúne con Capriles

Por Jorge Capelán, RlP / TcS.

La decisión del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, de reunirse ayer en la Casa de Nariño con el fascista venezolano Capriles Radonski es un grave error político que muestra que la oligarquía santanderista todavía no está preparada para adaptarse a las realidades de un mundo multipolar.

Santos, al recibir al instigador de una ola de violencia golpista que cobró 11 vidas humanas tras las elecciones del 14 de abril en Venezuela (y contra quien pende una investigación de la justicia por esos hechos), en la práctica desconoció unos resultados electorales que previamente había reconocido, violó su entendimiento con Venezuela de al menos respetar el orden institucional de la V República, puso en riesgo el Proceso de Paz que lleva adelante con la guerrilla (y del que Venezuela es uno de los principales garantes), y, lo que es muy grave, fue en contra de un consenso existente en la CELAC y UNASUR de no aceptar el golpismo fascista.

En realidad, Juan Manuel Santos está sometido a fuertes presiones, por un lado, de los sectores oligárquico-militares dependientes del narcoparamilitarismo y del Plan Colombia estadounidense, y por otro lado, de la propia Casa Blanca.

El narcoparamilitar Álvaro Uribe Vélez, que aspira a regresar a la Casa de Nariño, desde hace tiempo lleva adelante una despiadada campaña contra Santos de cara a las elecciones del año que viene. Por otro lado, encuestas de los propios medios de la oligarquía colombiana agitan con una supuesta pérdida de popularidad de Santos a causa de esa campaña, que ha concentrado su fuego en boicotear las conversaciones de paz, en sabotear la mejora de las relaciones con Venezuela impulsadas por Santos y explotar fracasos colombianos, como el fallo adverso a sus intereses en el Caribe en el juicio impulsado por Nicaragua en La Haya.

A su vez, los Estados Unidos impulsan la Alianza del Pacífico, un esquema de “libre comercio” con los objetivos de “contener” el avance de China en el mercado mundial y de destruir el proceso de integración latinoamericana expresado en el MERCOSUR, la UNASUR, la CELAC y el ALBA. En ese esquema, la Casa Blanca quiere imponer una versión del fenecido ALCA con el apoyo de sus aliados a ambos lados del Pacífico. Además del impulso de la Alianza del Pacífico, los Estados Unidos pretenden, obviamente, destruir el proceso revolucionario venezolano.

El costo político de haber recibido a Capriles es muy alto para Santos. Si creía que los sectores manejados por Uribe lo van a dejar en paz luego de deteriorar de esta forma sus relaciones con Venezuela y con los países más pujantes del proceso de integración latinoamericana, se equivoca, puesto que el verdadero objetivo de Uribe es el de destruir el proceso de paz con la guerrilla, destruyendo al propio Santos en el proceso.

Son esos sectores representados por Uribe, los que se benefician directamente del 6% del PIB colombiano que se destina a la guerra, para no hablar de los cuantiosos ingresos del narcotráfico. Por otro lado, el comercio de Colombia con Venezuela asciende a varios miles de millones de dólares, tal vez unos 6.000, y se calcula que un 40% de las exportaciones colombianas a Venezuela consiste en compras del Estado socialista bolivariano.

Además, Santos parece ignorar que en Colombia también existe una opinión favorable hacia Venezuela que justamente ayer se hizo oir en las calles tan pronto se conoció de su reunión con Capriles. Es la misma opinión que reclama los cambios que ahora se están discutiendo en el proceso de paz en La Habana y que, de no ver satisfechas sus esperanzas de unas reformas democráticas mínimas que permitan poner fin a la violencia, mantendrán los niveles de conflictividad (desde la lucha armada hasta la lucha social de todo tipo), que motivaron a Santos a sentarse a la mesa de negociaciones en primer lugar.

Si Santos cree que puede agredir a Venezuela y al mismo tiempo mantener un status quo que le permita el flujo de las inversiones del otro lado del Pacífico y dentro de la región, subestima tanto la fortaleza del eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires, como sobreestima el pragmatismo de China. Los países sudamericanos no aceptarán que se rompa el consenso existente en torno a la vigencia del orden democrático que Santos violó al recibir a un golpista como Capriles. Por otro lado China, a pesar de su pragmatismo, no se resignará a ver cómo los Estados Unidos impunemente desestabilizan una de sus fuentes más importantes de recursos naturales.

En realidad, el problema no es de Santos, sino de la escasa capacidad de la oligarquía colombiana para afrontar el reto del declive de Occidente y del surgimiento de un mundo multipolar. O sigue prendida a la teta del Pentágono, manteniendo sus privilegios pero viendo caer las tasas de beneficio y perdiendo cada vez más autonomía a manos de los intereses transnacionales junto a los que probablemente acabe hundiéndose, o acepta realizar cambios a lo interno y de cara al exterior que prolonguen su existencia aunque la amenacen de muerte en el largo plazo. Son decisiones difíciles de tomar, especialmente para una clase social tan reaccionaria y atrasada como la colombiana.

Es posible que al ver las consecuencias de su desliz con Capriles, Santos termine por dar marcha atrás. Esperemos que la mayoría de la oligarquía colombiana se de cuenta de que es mejor impulsar los cambios antes de que la realidad de las cosas los impulse por su cuenta.