Nicaragua y Grecia – una reflexión

Nicaragua and Greece

Por tortilla con sal, 18 de febrero 2015.

A pesar de todo lo que se ha escrito sobre lo que ocurre con Grecia y su relación a los países de la zona del Euro, casi nada se ha escrito sobre la realidad esencial de esta relación en el contexto global.

Cuando Alexis Tsipras y su partido Syriza hace poco asumieron el gobierno, algo muy distinto de asumir el poder, enfrentaron una situación muy similar, aunque con diferencias importantes también, a la que se encontraron el Presidente Daniel Ortega y el FSLN al asumir el gobierno de Nicaragua en enero 2007.

Los escritores y analistas occidentales, y muchos de sus homólogos latinoamericanos, tienden a escribir sobre el período del dominio de las políticas neoliberales – quizás desde 1990 hasta 2006, año decisivo en la emancipación política latinoamericana – como si de alguna manera rechazaran a nivel fundamental la ortodoxia neoliberal que se aplica actualmente en Europa.

Pero la verdad más profunda es que, casi sin excepción, los intelectuales occidentales comparten la absurda hipótesis neoliberal que Occidente es moralmente superior a las demás regiones del mundo cuando la verdad es completamente lo contrario.

Las grotescas y bárbaras agresiones contra Costa de Marfil y Libia en 2011 confirmaron este hecho. Destacados liberales occidentales apoyaron la destrucción imperialista de Libia, el país más exitoso de África, y al mismo tiempo se cruzaron de brazos frente al asalto francés contra el destacado humanismo del Presidente Laurent Gbagbo en la  Costa Marfil.

No es un accidente que los mismos liberales occidentales y sus simpatizantes en América Latina menosprecien de manera deliberada los tremendos logros del Presidente Daniel Ortega y el Frente Sandinista en Nicaragua.

En enero 2007, el FSLN asumió el gobierno de un país víctima de 16 años de servicios de salud pública y educación estatal sistemáticamente debilitados, un sistema de generación de energía eléctrica completamente colapsado, niveles de migración y desempleo en constante auge, un sector agropecuario  abandonado a los designios del “libre mercado”, infraestructura vial y portuaria a nivel nacional en un deterioro crónico, un sistema financiero y económico estéril, y una progresiva corrupción del sistema de justicia.

Llama la atención que ningún miembro de la clase intelectual occidental haya escrito sobre el destino de Grecia en este contexto del sistemático asalto global de los poderes occidentales contra el mundo mayoritario en África, Asia y América Latina. El silencio sobre esta realidad indica la renuencia de la opinión occidental de reconocer el alcance del asalto de las élites occidentales contra los intereses de sus poblaciones.

Ese silencio corresponde a la incapacidad de la enorme mayoría de la opinión occidental de reconocer que la prosperidad y el relativo éxito de sus sociedades siempre ha dependido de la despiadada  sobre-explotación de sus antiguas colonias.

También indica la profunda ignorancia e irrelevancia de la mayoría del análisis político occidental a lo largo del espectro político desde la perspectiva del mundo mayoritario afuera de Norte América y Europa.

De hecho, las lecciones de la experiencia en Nicaragua tienen una alta relevancia para Europa, especialmente ahora dada la intensidad cada vez mayor del asalto de las élites europeas contra sus propios pueblos.

Cuando el Presidente Comandante Daniel Ortega asumió el gobierno de Nicaragua en enero 2007, hizo tres cosas fundamentales.

Primero, declaró la gratuidad de la salud y la educación. Segundo, recortó la remuneración de él y sus altos funcionarios. Y tercero, firmó la membresía de Nicaragua a lo que ahora es la Alianza Bolivariana de nuestras Américas, la que ha permitido a Nicaragua acceder a los múltiples beneficios del ALBA para el comercio y la cooperación para el desarrollo.

Integrarse al ALBA ha permitido a Nicaragua renovar su sistema de generación de energía,  alcanzar altos niveles de soberanía alimentaria, mejorar dramáticamente los sistemas estatales de salud y de educación, desarrollar su infraestructura y fomentar su sector de pequeña y mediana industria.

Ahora, después de más de ocho años, la sociedad y economía de Nicaragua han sido transformadas.

Nicaragua tiene niveles de crecimiento más altos que sus vecinos, tiene mejor infraestructura, mayores niveles de participación económica y política de las mujeres, mejor autosuficiencia energética, relaciones comerciales más amplias a nivel global, buenos servicios públicos de salud y educación, y menores niveles de migración económica y de desempleo.

Las organizaciones multilaterales internacionales miran a Nicaragua como un país modelo en términos de sus políticas de salud pública, de seguridad alimentaria, de seguridad ciudadana y de participación de las mujeres. El país ya no depende de las instituciones financieras internacionales para garantizar la estabilidad de sus finanzas.

¿Qué tiene Nicaragua que enseñarle a Grecia? Lo más probable es que Grecia no tenga nada que aprender de Nicaragua porque Alexis Tsipras y su nuevo gobierno ya saben lo que deben de hacer. Es la Unión Europea la que no quiere aprender. Y allí, sí, Nicaragua tiene mucho que enseñar.

De la misma manera que el Presidente Daniel Ortega y el Frente Sandinista, el gobierno de Syriza en Grecia enfatiza la importancia, en las actuales condiciones, de mantener un equilibrio entre sus obligaciones a las y los inversionistas extranjeros y sus responsabilidades hacia a su propia población.

Pero en Nicaragua ese equilibrio solo se ha logrado sostener porque se integró al país a la alianza estratégica  del ALBA junto con Venezuela, Cuba y Bolivia que prioriza las necesidades de la persona humana y el Derecho al Desarrollo del pueblo nicaragüense.

Entre donaciones y préstamos preferenciales, ALBA facilita a Nicaragua una liquidez financiera muy importante de más de US$400 millones al año para infraestructura, programas sociales y sumamente necesarios créditos para el sector agropecuario y la pequeña y mediana empresa.

Quizás la primera lección fundamental de Nicaragua para Grecia es que su ejemplo refuerza y convalida los argumentos del gobierno de Alexis Tsipras para una política económica socialmente responsable.

En segundo lugar, el caso de Nicaragua debe de alertar al gobierno de Syriza en Grecia sobre el urgente imperativo de explorar la posibilidad de nuevos tipos de alianza, basados en el interés nacional, afuera de la camisa de fuerza de la Unión Europea.

Finalmente, debe de alertar a las clases políticas de la Unión Europea sobre el hecho de que su aceptación de las prioridades de las élites corporativas transatlánticos que dominan la vida política europea es un callejón sin salida antidemocrático y destructivo.

La tragedia de la unión Europea es que la venalidad, la corrupción moral y la prepotencia de sus dirigentes políticos hacen imposible que aprendan de un pequeño país empobrecido como Nicaragua y del destacado ejemplo moral y político del Presidente Daniel Ortega, Rosario Murillo y sus colegas.

La tragedia de Grecia y sus países compañeros de sufrimientos a manos de la Unión Europea, como Irlanda y Portugal, Italia y España, es que sus históricamente corruptos dirigentes políticos los encerraron en una alianza fallida con las élites corporativas europeas, totalmente fieles a sus homólogos estadounidenses.

Las posibilidades de la liberación de Europa de esa trampa de dependencia política dependen en gran medida de la capacidad de los pueblos europeos de asimilar el ejemplo de los procesos de emancipación en América Latina, y, entre estos, el destacado ejemplo de Nicaragua.

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