Cría cuervos…

Por Jorge Capelán, RLP/TcS.

“Que no haya lugar a dudas: se hará justicia”, dijo el martes el presidente estadounidense Barak Obama tras el asesinato del embajador de su país en Libia, Christopher Stevens, otro funcionario norteamericano y dos marines durante en un asalto al consulado de Bengasi.

“Este fue un acto por parte de un grupo pequeño y salvaje, no por el pueblo y el gobierno de Libia”, comentó la Secretaria de Estado Hillary Clinton. Ironías del destino, porque los asesinos del embajador estadounidense son los mismos que ayer eran exaltados como “luchadores por la libertad” y que hoy siguen siendo exaltados de la misma manera por los mismos EE.UU. en Siria.

Según las agencias internacionales, el ataque fue llevado a cabo por Ansar al-Sharia, un grupo perteneciente a la red Al Qaida activo en Benghazi.

Se informa que el ataque fue motivado por un vídeo divulgado en Internet que mostraba al profeta Mahoma teniendo relaciones sexuales con una mujer, algo considerado blasfemo por los musulmanes.

Aunque los musulmanes en todo el mundo son rutinariamente provocados por esos y otros actos mucho peores, Al Quaida y sus ideas sectarias, retrógradas y violentas tienen muy poco eco entre ellos.

La red terrorista, promovida y apoyada por la élite de poder de Arabia Saudita, es de hecho despreciada por la gran mayoría de los musulmanes que ven su estrategia de terror como algo ajeno al Islam. Además, son ellos los principales blancos de los ataques del grupo, que ve en los musulmanes que no comparten sus ideas a los peores traidores y por lo tanto, objetos legítimos de la violencia.

Fueron los Estados Unidos los que armaron, financiaron y entrenaron a Al Qaida desde los días de la guerra de Afganistán en la década de los 80’s del siglo pasado. Con la excusa de Al Qaida, la administración Bush lanzó la gran ofensiva imperial que consistió en las invasiones de Afganistán e Irak. Luego, con la ayuda de Al Qaida, convertida en amigos y amantes de la libertad, Obama destruyó a Libia y ahora trata de hacer lo mismo en Siria.

Lo que pasó ayer miércoles en Libia no es un hecho aislado. Desde hace ya varios meses se tienen noticias de actos de vandalismo y atentados cometidos por Al Quaida contra los libios.

Esos mercenarios a sueldo de los Estados Unidos y Arabia Saudita han estado destruyendo y profanando la rica herencia de arquitectura religiosa del país africano con sus ataques, llegando incluso el mes pasado a demoler una mezquita en Trípoli a plena luz del día sin que se escuchase una sola queja de parte de Washington.

Y esto no sólo en Libia, sino también en Argelia y en Túnez. En este último país, por ejemplo, llegaron incluso a atacar un festival de música sufi sólo porque su sectaria doctrina prohíbe ese arte.

La influencia de Al Quaida en Mali ha sido totalmente nefasta. La injerencia de la red terrorista en el largo conflicto entre el gobierno central y las tribus nómades, con las armas que lograron capturar tras la caída de la Yamahiriya libia, está desangrando al país que corre un serio riesgo de desaparecer.

En un juego macabro, ahora los Estados Unidos se aprovechan del fantasma de la red terrorista saudita para invadir Somalia con soldados de la Unión Africana. Intentan desalojar a supuestos grupos de Al Qaida de Kismayo, la estratégica ciudad-puerto en el sur de ese país.

Los africanos (kenianos, yibutianos, sierraleoneses y somalíes) pondrán los muertos y los asesinos, mientras que los Estados Unidos ponen las armas, los “asesores militares”, los drones, los medios de transporte, y al final se quedan con todas las ganancias. Además de los muertos, a los africanos también les quedarán las deudas y los efectos de la destrucción por décadas.

“Es un increíble poder de fuego por cada dólar el que hemos logrado”, dijo a los medios estadounidenses Michael Bittrick, oficial del Departamento de Estado encargado de supervisar el “esfuerzo” yanqui. Sin duda – y además es un negocio redondo.

El país cuyos marines fueron miserablemente derrotados por una población de desarrapados en 1993, ahora sí podrá ser debidamente sometido con la sangre de los propios africanos y sin vergonzosas escenas como las de la película “La caída del Halcón Negro” (Black Hawk Down), piensan los estrategas del imperio.

Cuidado, porque los africanos que están poniendo los muertos en Somalia podrían avivarse y de la noche a la mañana apuntar sus fusiles en contra de la Casa Blanca.

Lo que está sucediendo hoy en día ya lo alertó el Coronel Gadaffi el año pasado: Los Estados Unidos estaban jugando con fuego al utilizar a esos grupos para que peleasen por ellos sus guerras de conquista. Su violencia se desataría de manera incontrolada y amenazaría al propio imperio. Ahora, en Benghazi, a Obama le toca recoger los muertos producto de lo que él mismo un año atrás alentó.