Lo verdaderamente extraordinario


Por Jorge Capelán, RLP/TcS.

¿Quién puede acaso dudar de que estamos en Nicaragua? No la Nicaragua esa de desesperanza que todos los días nos quieren vender los corífeos de la ultraderecha con algunos insignes ex-revolucionarios. Nos referimos a la “Nicaragua, Nicaragüita”, a esa chavala indómita para la que Managua resulta cada vez más pequeña cuando se reúne a celebrar el 19 de julio.

Para muestra basta un botón, por eso aquí les dejo esta pequeña anécdota:

Resulta que el sábado, mi compañera sueca y yo tomamos un taxi cargados de maletas y de bultos. Al bajarnos, con la prisa de entrar a la casa, se nos olvidó una bolsa cuyo contenido era muy importante para mí. Eran varios libros de consulta que había dejado en Suecia y que mi compañera había traído desde allá. Como se podrán  imaginar aquell@s que leen mis textos, eran libros bastante gruesos sobre el Ché, Fidel, la CIA, Chávez, etcétera, etcétera.

Nos quedamos un poco apesadumbrados por la pérdida de los libros. Mi compañera, porque justamente fue ella la que los olvidó después de haberse tomado el trabajo de meterlos en la maleta arriesgándose a que le pusieran alguna multa por sobrepeso o, lo que es peor, a que algún imbécil en los aeropuertos de la OTAN se le ocurriese hacer méritos capturando a alguna “peligrosa terrorista internacional”.

Obviamente, yo estaba un poco triste porque varios de esos libros no se consiguen en Internet y contienen muchas referencias necesarias para el trabajo de investigación. Sin embargo, confiaba en que el taxista, al descubrir el contenido de la bolsa, regresaría con los dichosos libros.

Al día siguiente, acompañé a mi compañera al aeropuerto para despedirla en su regreso a la vieja y gélida Europa, y luego regresé a mi casa vacía a trabajar en un texto sobre el caso Snowden y otras yerbas. No pasaron muchos minutos cuando los ladridos de la perra anunciaron que alguien estaba en la puerta. Era, por supuesto, el taxista con los libros.

“Estaba lavando el carro esta mañana y me los encontré”, me dijo. Y agregó: “¡Estos libros son un tesoro!”

Tuve que obligarlo a que aceptase unos pesos que le dí pensando que el hombre se había desviado de su camino para venir a mi casa, gastando gasolina y perdiendo alguna carrera, tan escasa ese domingo de fin de semana largo, lluvia y calles vacías de gente.

Además, seguramente el compañero taxista, antes de decidirse a venir a entregarme los libros, tuvo que reprimir su deseo de leer alguno de ellos. Desgraciadamente, mi avaricia bibliográfica me impidió reaccionar a tiempo y regalarle antes de que se fuera el ejemplar de “Cien Horas con Fidel”, pero si lee estas líneas, le pido que vuelva otro día por mi casa y retire ese libro que estoy seguro va a saber apreciar.

Lo que hizo el taxista no es en absoluto extraordinario. En Nicaragua siempre ha habido cientos de miles de sandinistas que la ideología derechista ha pintado como “voto duro”, “voto cautivo”, “fanáticos”, “turbas” y toda una serie de expresiones despectivas e insultantes. Además, para nadie es un secreto que hay otros cientos de miles de sandinistas que están redescubriendo y re-componiendo su experiencia política personal y sus raíces. En realidad, hoy en día estamos asistiendo a un proceso de florecimiento, de renacimiento, de la politización de las masas.

Es un florecimiento sereno, que tiene lugar a partir de una dilatada experiencia histórica, de una historia llena de sufrimientos pero también llena de esperanza y fe en el futuro. Es un renacer que pasa mucho por los temas de la ética ciudadana, de redescubrimiento de la importancia de la convivencia. Se puede apreciar en miles de detalles pequeños, como la creciente limpieza de las calles y la participación cada vez más masiva de la población en todo tipo de organizaciones, desde jornadas de salud hasta actividades deportivas en los barrios. Es un renacer que también se aprecia en la cada vez mayor presencia de las canciones revolucionarias en la vida cotidiana, para no hablar de la masiva participación en los actos como el del 19 de julio.

Nada de eso es extraordinario. Hay una Nicaragua antes, y otra después, de aquel 19 de julio de 1979. Para un pueblo que ha sufrido y resistido 500 años de colonialismo y neocolonialismo, que ha sufrido y resistido 200 años de imperialismo, 17 años no son nada, solo un breve paréntesis de terrible oscuridad antes de alcanzar la tierra prometida. Lo verdaderamente extraordinario es que esos 17 años de noche neoliberal en su momento hayan parecido tan irremontables, como un negro túnel, tan largo que la luz a su final parecía no llegar jamás.